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ALBETA DESCUBRIÓ LA NAVIDAD
Torrelapaja
ha sido y es un
lugar de y para el Silencio. Así lo
dispusieron quienes disfrutaron por vez primera la
villa de Torrelapaja, que por muy discutidas desde
los tiempos feudales sus razonadas raíces, hoy
representa un exquisito lugar cuyos parajes han sido
siempre imprescindibles a la relajación y a la
inspiración de poetas y pastores, que, dada su
proximidad con la pura Soria que Machado anunciase
como cabeza de Extremadura, sea este reconocido
lugar y confidente prólogo, a la emocionada
sustancia de la sierra por algunos conocida como la
Cebollera, en la que, a decir de muchos, de sus
estribaciones se formó primero la Bigornia, sin más
apelativos, posteriormente, se le añadió lo de
puerto, pero en sí ha sido y es línea fronteriza
entre la cabeza de Extremadura y el Reino de
Aragón. Por cierto, a no muchos kilómetros de
Torrelapaja siguiendo la carretera a Portugal,
carretera que no existió jamás desde tal punto de
partida, se halla el pueblecito de Vera de Moncayo,
en cuyas proximidades, en el conocido monasterio de
Veruela, el autor de las Rimas, inmortalizó para
siempre jamás el dicho cenobio. No obstante, de
considerar es que Gustavo Adolfo Bécquer estuvo
casado con mujer soriana, nacida en Torrubia del
Campo, aldea de la diócesis de Burgo de Osma, hija
de padre y madre, como cosa natural, y conocida por
el nombre de Casta Esteban y Navarro, mujer que, a
juicio de eruditos y plumíferos, no hizo más felices
los días a Gustavo, hombre de sobrada sensibilidad e
inspirada quietud del alma, derramada, la suya por
supuesto.
Volviendo a la Sierra, ya conocida como la
Cebollera, y a las proximidades de la entrañable e
inspiradora de pastores y poetas, fue desde allí
donde se arrojó uno de tantos y se reventó al tocar
el suelo. Aquel hombre se suicidó por celos; él
siempre estuvo más enamorado de su mujer que su
mujer lo estuvo nunca de él. Así les fue, como es
natural, en personas de vientos mediterráneos, que
por un quítate las pajas en Torrelapaja, el silencio
se cobra una vida y postra en los lutos a la otra.
Desde entonces y en su recuerdo, que no en su
memoria entre los escasos habitantes del lugar, se
recuerda con el nombre del Balcón del Gorrión. No es
el ripio cosa extraordinaria, pero recuerda al
amante mal amado, al menos así se supuso y
reconoció; de esto, distan ya muchos años.
Es de atención que a ese lugar del silencio, se le
conozca de tal manera por realzar la pobreza de sus
lindes y pesadumbres, lugar donde dice Salvador no
quedan burros ni paja y, a decir de los estudiosos
del lugar, fueron de un señor feudal, torre incluida
los pajares de Berdejo, pueblecito vecino, también
rayano con Soria a quien sirve de mojón el río
Manubles. Claro está que para memorizar los pueblos
de esta ribera, nuestros antepasados crearon
aquella copla que dice:
“Adiós Ateca, adiós Moros,
adiós Villalengua la Alta,
adiós Bijuesca, Torrijo,
Berdejo y Torrelapaja”
Posteriormente se añadió lo de Lugar del Silencio.
Si el obsesivo lugar, en sus albores, fue pajar o
dejó de serlo, los hechos nos demuestran que no pudo
aspirar a tan alto Berdejo, ni a menos el del
silencio, que, guste más que no guste, siempre se ha
dicho: “Los de Berdejo, subir y bajar; y los de
Torrelapaja, comer y callar.” Y diré más: celebrado
de por vida ha sido el Santo Patrón, ya que ha de
cumplirnos de pormenores a nuestras sorpresas y
demostrar como todos los santos tienen novena, pero
no todos los pueblos tienen santo. Las vírgenes ya
son harina de otro costal.
Digo que llama la atención que al dicho lugar se le
conozca por tal sobrenombre, ya que los lugares
donde guardar, o los mercados donde vender la paja,
distan mucho de la imagen de este pueblecito
encantador. Mas pudieron ser ajenas circunstancias o
la casualidad que con este nombre hubo de cargar
para siempre y no con otro más agradable al
recordatorio. Las cosas de la existencia humana
requieren de estas torpezas, lo mismo que escribir
el nombre de Berdejo con B que entonces deja de ser
verde y el jo.... se queda colgando. Desmanes
lingüísticos que no dejan de ser fruto de la
picaresca o burla de aquellos que dieron nombre a
los pueblos cuando no existían los mapas, y por un
casual ni en los de carretera habían pensado. Y eso
que Torrelapaja, por su situación geográfica, no es
simplemente un lugar del silencio, que lo es también
de los sacrificios sin cuento que hace el cierzo
para dejar sus iras en la depresión del Ebro y así
no castigarla.
Por si no fuera suficiente, es también lugar bien
definido en lo que a comunicaciones respecta, que a
excepción de su natural divisoria donde hizo méritos
el Gorrión, es como su vecina cabeza de Extremadura,
es decir, que es ancha aunque no tanto como
Castilla, o las Castillas, de las que algún castillo
se conserva.
Nuestro “lugar del silencio” aunque nunca disfrutó
de favores o distinciones reales, como en otros
lugares aconteció, es un decir, que no fue
favorecido históricamente, tuvo su circunstancia que
lo distingue de sus vecinos pueblos a los que
también baña el cangrejero Manubles, afluente del
Jalón, en el que desahoga tras su paso por la
ciudad de Ateca. Circunstancia también controvertida
y extrañamente discutida por parientes, entre otros,
de manera tal que de cuanto investigué, no hallé
irrefutables pruebas, acerca de si Torrelapaja fue
castellana hasta los repartos definitivos de
provincias y, en el dicho reparto, Vozmediano, que
pertenecía a Aragón y en cuyo hermoso castillo, muy
góticos sus restos, estuvo Santillana de frontero,
pasó a formar parte de Castilla. Posteriormente, se
comprobó que nada había de cierto en ello; sin
omitir que cuando desde Ágreda nos adentramos en
tierras aragonesas por la cara Oeste del Moncayo,
aparece en un valle diminuto como traído allí para
recrear cuentos fantásticos y legendarias leyendas.
Pero no es lugar del silencio, que ya sabemos cual
es.
(Asimismo se podría incrementar la lógica en lo
mencionado pues si de frontera sirve el río Manubles
a su paso por nuestro lugar del silencio, de
frontera o de frontero nos sirve el río Queiles, que
en Vozmediano nace en una burbuja grande y ruidosa
en otra de las estribaciones del monte.
De momento no es tema que nos ocupe, salvo cierta
excepción momentánea, por considerarlo reseña).
Y así las cosas, en Torrelapaja, aconteció el otoño
más duro y frío hasta entonces recordado. “El
año de las nieves” dieron en llamar y, como tal, ha
llegado a lugares de reunión y convivencia con
interminables relatos y secuencias siempre en
primera persona, de las que se deduce que quien las
menta suele exagerar previniendo la merma en la
comprensión receptiva. Fue, pues, como su nombre
indica, un otoño invernal en el que estuvo nevando
día si, día también. En los reposos que tomaba el
cielo para fabricar más nieve, la temperatura bajaba
sin piedad y aquella nieve se helaba. Esto ocurrió
no se recuerda durante cuanto tiempo; sus habitantes
creían haber llegado el final de los tiempos y de
éstos, mejor no hacer mención, aunque sí memoria, ya
que presumir requiere haber soportado y sobrevivido
a cuantos fenómenos o contratiempos nos hostigan.
Se cuenta que llegó a ser tal, el volumen que
alcanzó la nieve, que los habitantes se vieron
obligados a construir pasillos para comunicarse
entre si y ayudarse a cuantos menesteres obligaba el
rigor de aquel invierno espantoso. Bien se podía
haber sacado provecho de aquellos largos días
saneando los establos y los camaranchones, pero no
lo hicieron; graves recuerdos tenían del tió Juan,
hermano del abuelo Merguizo que, habiendo encontrado
un objeto que confundió con un tesoro allí escondido
por sus antepasados, resultó ser un explosivo que le
destrozó la mano derecha dejándolo más lisiado de lo
que ya estaba. No obstante, en honor a la verdad,
era tan intenso el frío que consideraron más
oportuno pasar el tiempo sentados en los bancos del
hogar; chamada va, charrada viene, pitillo ahora,
otro después, sentencia una, mentira la otra y, sin
muchas más novedades que hilvanar, rezaron muchos
rosarios las mujeres para que el sol les atendiera
con sus bondades.
Albeta, que con tan sólo cinco años, acompañaba a
su abuelo (el Sordo) a pastorear el rebaño, como un
cordero más, y cuando su padre estaba en el pueblo,
mucho tiempo estuvo hospitalizado, iba con él a
cuidar la dula, en este caso, la de las caballerías.
El sol se portó bien y la nieve fundió. Aunque los
días continuaban siendo muy fríos, aquellos anchos
campos que circundaban el pueblo sin grandes trechos
que recorrer, “poco terreno y muy dividido, dan poca
alforja y menos vino”, reverdecieron como si
una bendición de las alturas llegara a cada
instante, posiblemente, en compensación de los malos
días pasados.
El año finalizaba y las fiestas más entrañables
galopaban en crines de ilusión y actos preparados
para la ocasión, convivencia primero en los hogares
y en la iglesia después. Es decir, se aproximaban
unas fiestas en las que Albeta no había reparado
dada su corta edad.
El mismo cura que atendía el alimento espiritual
del lugar, daba clase a los chicos del pueblo, luego
que volvían de las faenas por sus padres
encomendadas: unos a recoger los boñigos que dejaban
las caballerías en las calles y algunos campos
próximos, para la comida del gorrino y asimismo
sanear su “corte”; otros de cortar leña en las
proximidades de la sierra y llevarla a sus madres;
otros de limpiar el macho y proveerlo de alimento.
En fin, los muchachos recibían clase cuando habían
cumplido sus faenas y lastimeros menesteres,
incluido don Placido, que, según sus propias
palabras, hacía similares trabajos con desahogo y
destreza. Albeta, si tuvo edad suficiente o no la
tuvo, es un tema que nunca aclaró, pero lo cierto es
que cuando contó estos hechos, aseveró que por
razones económicas no asistió a esas clases,
entonces, ni en mucho tiempo después. Su padre
volvió a recaer en aquella enfermedad que ya le
impedía caminar, consecuencias de un tumor blanco y
reingresó en el Hospital de Ntra. Sra. de Gracia en
Zaragoza. Su madre, aquel invierno, llevó a casa
muchos alimentos pues trabajó de mondonguera por las
tardes y en el lavadero por las mañanas, pero ni las
dos chicas: María y Trinidad, ni Albeta asistieron
a las clases en la iglesia.
Cuando años después refirió estos hechos, cuentan
era tanta su sensibilidad, que emocionado, se le
arrasaban los ojos y se le ponía carne de gallina.
Sobre todo, cuando narraba el problema del padre y
su tumor blanco. Solía concluir diciendo:
“Entonces apenas se conocía la anestesia, imaginemos
lo que sería la extracción de una muela. Había
enfermos que preferían morir rabiando a dejarse
cortar una pierna. Horrible, chicos, horrible”.
La despensa es de suponer que ni en casa de amo ni
cabaña de sirviente contenía un reposte holgado y
menores las expectativas. Se ha dado en decir con
harta frecuencia que todos los pueblos tienen sus
momentos o épocas de júbilo y jubileo; pienso que
éste nunca los tuvo. Esos momentos o épocas no
fueron suyos y, cuando las desgracias llegaban,
caían a plomo sobre la voluntad de las gentes a las
que reclinaba y postraba durante años, en un
perverso aislamiento a la esperanza. El recuerdo de
los muertos devenía del cielo como lenguas de fuego
posándose sobre las mujeres más pudientes y sus
jóvenes hijas. Éstas no salían del domicilio si no
era a la Misa Mayor de los domingos y, entonces,
habría de ser de riguroso luto contando el vestido,
todo él negro: calcetines negros; moquero negro;
mirada oscura; pañuelo, bien sujeto a la cabeza
también negro. En el interior de los hogares los
candiles eran negros también, incluso la luz, por un
tiempo se oscurecía sin remedio. Así, hasta dos
años; que los chavales al tercer día se revelaban y
ponían alas al duelo. Eran ricas aquellas con
ciertos recursos y desgraciados pasares, ya que a
las indigentes no les quedaba más remedio que salir
a buscar el sustento para sus cachorros. No ocurría
lo mismo con los hombres. Estos con los botones
negros en la camisa blanca y la franja en una manga
de la americana, abrigo o gabardina, ya habían
cumplido. Por lo demás, al café no dejaban de ir,
entre otras cosas con la excusa de visitar al gallo
Perico, animal que estaba siempre en el rincón
derecho del mostrador. El cantinero lo había
acostumbrado a beber quemadillo de ron y aquello se
había convertido en una atracción de chicos y
mayores. A las horas del medio día y después de la
cena, acudían incluso de los pueblos más próximos
para invitar al gallo que acababa todos los días con
unas borracheras impresionantes con gran regocijo de
los asistentes.
Aquel gallo genial, no solamente fue un atractivo
más en tertulias y momentos de agradable
esparcimiento, sino que se convirtió en objeto
imprescindible para el café, hasta tal punto que el
día en que el animal murió fue un día de luto y el
establecimiento se cerró durante una semana.
El señor cura exhortaba a las gentes desde el
púlpito. Primero se dirigía a las mujeres, todas
ellas sentadas en los bancos del ala derecha de la
iglesia, y después, a los varones, situados siempre
en el lado opuesto, la inmensa mayoría de pie y/o
arremolinados en la parte posterior; de esta manera
algunos aprovechaban para echar una cabezada. Les
animaba con mucho interés, acerca de los festejos
tan señalados que se aproximaban y deberían ser
celebrados con gran pompa y esplendor para gozo de
Dios y de los ángeles. Se iba a celebrar un año más
el nacimiento de Jesús de Nazaret, al que el Padre
no hizo del mismo barro que Dios hizo a nuestro
primer padre Adán; fue hecho como los finos
almohadones bordados en las nubes. Respecto a la
celebración de boca (lo recuerdo perfectamente
porque Albeta lo contaba con muchísima gracia,
posiblemente de su invención), “esa noche no ha de
faltar pan en la mesa del menesteroso; quien dice
pan, dice torta. Quiero decir, que como hermanos
todos que somos de Jesús, hijo de José y nuestra
Santísima Virgen de Malanca, hemos de repartir los
bienes del estómago con gran complacencia hacia el
Niño y alegría de nuestros corazones. Sabido es que
disfruta mucho más el que da que el que recibe...”.
Es curioso y poco frecuente, pero aquella plática
hizo mella en las gentes y se llenaron de gozo sus
corazones. Nunca habían escuchado a fraternal padre
alguno expresarse de manera más bella y convincente.
De regreso a los hogares, desde el rico al
menesteroso, cada cual iba pensando como podrían
quedar mejor ante los ojos de Dios y el estómago de
los vecinos aquella noche próxima, noche del amor
fraterno, noche en la que se consumó el amor del
Padre mandándonos a su hijo para ejemplo de
sabiduría, convivencia pacífica y muchas cosas más.
La señora Leona, que así se
llamaba la madre de Albeta fue avisada y regresó a
Zaragoza porque Feliciano, el esposo, había
empeorado, motivo que le impidió estar en los
preparativos de la gran fiesta que se iba a
festejar. Fiesta de convivencia humana, de
exaltación a la familia y al bien hacer de las
gentes bajo la advocación de la Santísima Virgen de
Malanca y de su hijo Jesús. Todo el pueblo puso
manos a la obra; posiblemente, los que más se
distinguieron fueron los miembros de casa Caballero,
seis hombres y cuatro mujeres jóvenes, todos ellos
residentes en el pueblo, a excepción de dos hijas
que vivían en la ciudad trabajando en el servicio
doméstico, cosa muy normal en aquellos años. Ellas
pidieron permiso a los señores y regresaron a la
casa, locas de alegría para colaborar en las
disposiciones. Carboneros de toda la vida, cuatro de
ellos subieron al monte y fabricaron carbón
suficiente para los nueve días de fiesta; “que nadie
pasase frío”.
Las mujeres se organizaron con el resto de las
vecinas, sacrificaron algunos gorrinos y a tal fin
llenaron algunas tinas y orzas de exquisitos adobos.
También fabricaron magdalenas y tortas sin cuento.
El hornero no solamente ayudó de grata voluntad, que
tampoco cobró la “poya” (o derecho al diezmo en los
hornos comunales), valiosa aportación que el pueblo
agradeció con holganza que nada tenía que ver con
Olga, su mujer, ya que el hornero Emeterio era de
puños cerrados, que no se abrían aun pegándole en
los codos.
Posiblemente, lo más inesperado o de mayor
expectación dada la novedad fue la recogida de
pescado por los hombres y mujeres de casa Caballero.
Conocían todos los pozos del río en el término del
silencioso pueblo; sin duda, eran gente que lo
sabían todo, por saber, qué no sabrían, que incluso
a la hierba sentían nacer. El río no era muy
profundo, pero algunos pozos si. Todo estaba
helado, máxime después de las nevadas citadas. El
grueso del hielo era tal, que por él pasaban las
caballerías y los rebaños atajando al puente. Con
barrenas hicieron agujeros del tamaño de una
persona. Ataron a los más jóvenes con una soga a la
cintura y de ella los descolgaron a los abismos del
pozo con un pozal en la mano izquierda mientras que
con la derecha se asían a la cuerda. Una vez abajo,
lo vaciaban de barbos y cangrejos. A una señal, los
de arriba, subían el cubo, lo descolgaban vacío y se
repetía la operación el tiempo que los muchachos
soportaban la temperatura o el pozo quedaba seco de
animales. De uno marchaban a otro; no siempre
conocían la misma fortuna, mas cuando terminaron la
ronda, había pescado suficiente para todos los
habitantes y los nueve días de fiesta que habrían de
celebrar de la noche del veintitrés al día uno de
enero.
Contado así, es difícil de creer, pero nadie de
cuantos escuchamos estos hechos lo hemos puesto
nunca en tela de juicio. Es más, en ocasiones se
pensó que Albeta se quedaba corto, sobre todo cuando
terminaba el relato en el que solía poner un énfasis
difícil de describir.
A partir de entonces supe que aquel pueblo sí que
había tenido momentos de puro júbilo. Al menos tuvo
uno, el que cuento, momento que sobresalió de todas
las estimaciones que al respecto se han hecho a
través de los tiempos. Fue raro y memorable aquel
acontecimiento, máxime tratándose de una comunidad
en la que todos o casi todos, por una rama o por
otra eran familia. Aquel hecho todavía se lleva de
boca en boca como patrimonio de la sabiduría popular
y se cuenta con la misma veneración que se le tiene
al santo del lugar. Un caso que posiblemente hoy sea
sagrado en algunas memorias y referencias; algo así
como la pascua judía aunque sin ninguna relación
aparente.
Día 24: cuando daban las ocho campanadas en el
recién estrenado reloj de la torre de la iglesia,
reloj obsequiado por don Gabriel Maura y Gamazo,
diputado, senador y ministro de la penúltima
monarquía española, todo el pueblo se dirigió a los
graneros de Primito, primo de casi todos y personaje
muy bien visto por su carácter afable y bonachón. En
aquellos graneros, a pie de calle, había lugar para
todos y todos fueron con su mejor intención y buena
voluntad. El abuelo Sordo llevaba de la mano al
nieto y a sus dos hermanas. Llegados a este punto,
se impone hacer una aclaración: Albeta era el apodo,
por cierto, muy bien recibido por todos, nombre que
se debía a un maestro muy bueno que allí ejerció;
cuando murió le sucedió Doña Capitolina (eran los
tiempos en los que había maestro o maestra). Su
nombre de pila era Esteban. Había otras dos personas
con el mismo nombre: una, Esteban Matorro, y la otra
Esteban Carnicerito, años después famoso en los
ruedos de España por aplaudido y valiente
banderillero. En un principio al crío se le llamó
Estebillan, mas, como además de pincho, era más
tieso que un ajo y prometedor de ciencias y
manualidades, le pusieron por sobrenombre el de
maestro Albeta. Aclaración hecha, el abuelo Sordo,
como ya he dicho, llevaba de la mano a sus tres
nietos. Tomó asiento en el lugar asignado por
Primito, junto al resto de los abuelos. A los
chicos los colocaron con los de su edad. Cuando el
cura terminaba de bendecir la gran mesa, la puerta
del granero se abrió con estridente y perturbador
chirrido. En el umbral apareció Leona acompañada de
unos familiares. Todos ellos vestían luto. Leona
avanzaba en primer lugar con la cabeza baja
ocultando las lágrimas. Cuando llegó hasta sus
hijos, estos fueron corriendo abrazándose a sus
faldas.
A partir de ese momento quedó gravado el dolor, una
vez más, en aquel
lugar del silencio, nunca mejor llamado. La capilla
ardiente se dispuso en la
iglesia. Cuando
dieron las doce horas en el recién estrenado reloj,
por primera vez en la historia no hubo Misa de
Gallo. Aquellas gentes se unieron de las manos
formando un círculo y oraron. Sus voces se unieron
en una sola. Esta ascendió lentamente en un vacío de
dolor y de sombras. En la esperanza de bordar
almohadones en las nubes.
continuará...
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