Portada de la novela

Albeta © Miguel Ángel Marín Uriol

A la memoria de mi padre y

gratitud a Inma y a  Mariano Ibeas, mi amigo y maestro.

Capítulo I

 
 

 

ALBETA DESCUBRIÓ LA NAVIDAD

 

 

Torrelapaja ha sido y es un lugar de y para el Silencio. Así lo dispusieron quienes  disfrutaron por vez primera la villa de Torrelapaja, que  por muy discutidas desde los tiempos feudales sus razonadas raíces, hoy representa un exquisito lugar cuyos parajes han sido siempre imprescindibles a la relajación y a la inspiración de poetas y pastores, que, dada su proximidad con la pura Soria que Machado anunciase como cabeza de Extremadura, sea este reconocido lugar y confidente prólogo, a la emocionada sustancia de la sierra por algunos conocida como la Cebollera, en la que, a decir de muchos, de sus estribaciones se formó primero la Bigornia, sin más apelativos, posteriormente, se le añadió lo de puerto, pero en sí ha sido y es línea fronteriza entre la cabeza de Extremadura y el Reino de Aragón.  Por cierto, a no muchos kilómetros de Torrelapaja siguiendo la carretera a Portugal, carretera que no existió jamás desde tal punto de partida, se halla el pueblecito de Vera de Moncayo, en cuyas proximidades, en el conocido monasterio de Veruela, el autor de las Rimas, inmortalizó para siempre jamás el dicho cenobio. No obstante, de considerar es que Gustavo Adolfo Bécquer estuvo casado con mujer soriana, nacida en Torrubia del Campo, aldea de la diócesis de Burgo de Osma, hija de padre y madre, como cosa natural, y conocida por el nombre de Casta Esteban y Navarro, mujer que, a juicio de eruditos y plumíferos, no hizo más felices los días a Gustavo, hombre de sobrada sensibilidad e inspirada quietud del alma, derramada, la suya por supuesto.

 

           

Volviendo a la Sierra, ya conocida como la  Cebollera, y a las proximidades de la entrañable e inspiradora de pastores y poetas, fue desde allí donde se arrojó uno de tantos  y se reventó al tocar el suelo. Aquel hombre se suicidó por celos; él siempre estuvo más enamorado de su mujer que su mujer lo estuvo nunca de él. Así les fue, como es natural, en personas de vientos mediterráneos, que por un quítate las pajas en Torrelapaja, el silencio se cobra una vida y postra en los lutos a la otra. Desde entonces y en su recuerdo, que no en su memoria entre los escasos habitantes del lugar, se recuerda con el nombre del Balcón del Gorrión. No es el ripio cosa extraordinaria, pero recuerda al amante mal amado, al menos así se supuso y reconoció; de esto, distan ya muchos años.

 

Es  de atención que a ese lugar del silencio, se le conozca de tal manera por realzar la pobreza de sus lindes y pesadumbres, lugar donde dice Salvador no quedan  burros ni paja y, a decir de los estudiosos del lugar, fueron de un señor feudal, torre incluida los pajares de Berdejo, pueblecito vecino, también rayano con Soria  a quien sirve de mojón el  río Manubles. Claro está que para memorizar los pueblos de esta ribera, nuestros  antepasados crearon aquella copla que dice:

 

 

“Adiós Ateca, adiós Moros,

adiós Villalengua la Alta,

adiós Bijuesca, Torrijo,

Berdejo y Torrelapaja”

 

Posteriormente se añadió lo de Lugar del Silencio.

 

 Si el obsesivo lugar, en sus albores, fue pajar o dejó de serlo, los hechos nos demuestran que no pudo aspirar a tan alto Berdejo, ni a menos el del silencio, que, guste más que no guste, siempre se ha dicho: “Los de Berdejo, subir y bajar; y los de Torrelapaja, comer y callar.” Y diré más: celebrado de por vida ha sido el Santo Patrón, ya que ha de cumplirnos de pormenores a nuestras sorpresas y demostrar como todos los santos tienen novena, pero no todos los pueblos tienen santo. Las vírgenes ya son harina de otro costal.

 

 Digo que llama la atención que al dicho lugar se le conozca por tal sobrenombre, ya que los lugares donde guardar, o los mercados donde vender la paja, distan mucho de la imagen de este pueblecito encantador. Mas pudieron ser ajenas circunstancias o la casualidad que con este nombre hubo de cargar para siempre y no con otro más agradable al recordatorio. Las cosas de la existencia humana requieren de estas torpezas, lo mismo que escribir el nombre de Berdejo con B que entonces deja de ser verde y el jo.... se queda colgando. Desmanes lingüísticos que no dejan de ser fruto de la picaresca o burla de aquellos que dieron nombre a los pueblos cuando no existían los mapas, y por un casual ni en los de carretera habían pensado. Y eso que Torrelapaja, por su situación geográfica, no es simplemente un lugar del silencio, que lo es también de los sacrificios sin cuento que hace el cierzo para dejar sus iras en la depresión del Ebro y así no castigarla.

 

Por si no fuera suficiente, es también lugar bien definido en lo que a comunicaciones respecta, que a excepción de su natural divisoria donde hizo méritos el Gorrión, es como su vecina cabeza de Extremadura, es decir, que es ancha aunque no tanto como Castilla, o las Castillas, de las que algún castillo se conserva.

 

Nuestro “lugar del silencio” aunque nunca disfrutó de favores o distinciones reales, como en otros lugares aconteció, es un decir, que no fue favorecido históricamente, tuvo su circunstancia que lo distingue de sus vecinos pueblos a los que también baña el cangrejero Manubles, afluente del Jalón, en el que desahoga tras su paso por  la ciudad de Ateca. Circunstancia también controvertida y extrañamente discutida por parientes, entre otros, de manera tal que de cuanto investigué, no hallé irrefutables pruebas, acerca de si Torrelapaja fue castellana hasta los repartos definitivos de provincias y, en el dicho reparto, Vozmediano, que pertenecía a Aragón y en  cuyo hermoso castillo, muy góticos sus restos, estuvo Santillana de frontero,  pasó a formar parte de Castilla. Posteriormente, se comprobó que nada había de cierto en ello; sin omitir que cuando desde Ágreda nos adentramos en tierras aragonesas por la cara Oeste del Moncayo, aparece en un valle diminuto como traído allí para recrear cuentos fantásticos y legendarias leyendas. Pero no es lugar del silencio, que ya sabemos cual es.

 

(Asimismo se podría incrementar la lógica en lo  mencionado pues si de frontera sirve el río Manubles a su paso por nuestro lugar del silencio, de frontera o de frontero nos sirve el río Queiles, que en Vozmediano nace en una burbuja grande y ruidosa en otra de las estribaciones del monte.

De momento no es tema que nos ocupe, salvo cierta excepción momentánea, por considerarlo reseña). 

 

Y así las cosas, en Torrelapaja, aconteció el otoño más duro y frío hasta entonces recordado. El año de las nieves” dieron en llamar y, como tal, ha llegado a lugares de reunión y convivencia con interminables relatos y secuencias siempre en primera persona, de las que se deduce que quien las menta suele exagerar previniendo la merma en la comprensión receptiva. Fue, pues, como su nombre indica, un otoño invernal en el que estuvo nevando día si, día también. En los reposos que tomaba el cielo para fabricar más nieve, la temperatura bajaba sin piedad y aquella nieve se helaba. Esto ocurrió no se recuerda durante cuanto tiempo; sus habitantes creían haber llegado el final de los tiempos y de éstos, mejor no hacer mención, aunque sí memoria, ya que presumir requiere haber soportado y sobrevivido a cuantos fenómenos o contratiempos nos hostigan. 

 

 Se cuenta que llegó a ser tal, el volumen que alcanzó la nieve, que los habitantes se vieron obligados a construir pasillos para comunicarse entre si y ayudarse a cuantos menesteres obligaba el rigor de aquel invierno espantoso. Bien se podía haber sacado provecho de aquellos largos días saneando los establos y los camaranchones, pero no lo hicieron; graves recuerdos tenían del tió Juan, hermano del abuelo Merguizo que, habiendo encontrado un objeto que confundió con un tesoro allí escondido por sus antepasados, resultó ser un explosivo que le destrozó la mano derecha dejándolo más lisiado de lo que ya estaba. No obstante, en honor a la verdad,  era tan intenso el frío que consideraron más oportuno pasar el tiempo sentados en los bancos del hogar; chamada va, charrada viene, pitillo ahora, otro después, sentencia una, mentira la otra y, sin muchas más  novedades que hilvanar,  rezaron muchos  rosarios las mujeres para que el sol les atendiera con sus bondades.

 

Albeta, que  con tan sólo cinco años, acompañaba a su abuelo (el Sordo) a pastorear el rebaño, como un cordero más, y cuando su padre estaba en el pueblo, mucho tiempo estuvo hospitalizado, iba con él a cuidar la dula, en este caso, la de las caballerías.

 

El sol se portó bien y la nieve fundió. Aunque los días continuaban siendo muy fríos, aquellos anchos campos que circundaban el pueblo sin grandes trechos que recorrer, “poco terreno y muy dividido, dan poca alforja y menos vino”, reverdecieron como si una bendición de las alturas llegara a cada instante, posiblemente, en compensación de los malos días pasados.

 

 El año finalizaba y las fiestas más entrañables galopaban en crines de ilusión y actos preparados para la ocasión, convivencia primero en los hogares y en la iglesia después. Es decir, se aproximaban unas fiestas en las que Albeta no había reparado dada su corta edad.

 

 El mismo cura que atendía el alimento espiritual del lugar, daba clase a los chicos del pueblo, luego que volvían de las faenas por sus padres encomendadas: unos a recoger los boñigos que dejaban las caballerías en las calles y algunos campos próximos,  para la comida del gorrino y  asimismo sanear su “corte”; otros de cortar leña en las proximidades de la sierra y llevarla a sus madres; otros de limpiar el macho y proveerlo de alimento. En fin, los muchachos recibían clase cuando habían cumplido sus faenas y lastimeros menesteres, incluido don Placido, que, según sus propias  palabras, hacía similares trabajos con desahogo y destreza. Albeta, si tuvo edad suficiente o no la tuvo, es un tema que nunca aclaró, pero lo cierto es que cuando contó estos hechos, aseveró que por razones económicas no asistió a esas clases, entonces, ni en mucho tiempo después. Su padre volvió a recaer en aquella enfermedad que ya le impedía caminar, consecuencias de un tumor blanco y reingresó en el Hospital de Ntra. Sra. de Gracia en Zaragoza. Su madre, aquel invierno, llevó a casa muchos alimentos pues trabajó de mondonguera por las tardes y en el lavadero por las mañanas, pero ni las dos chicas: María y Trinidad, ni Albeta  asistieron a las clases en la iglesia.

Cuando años después refirió estos hechos, cuentan era tanta su sensibilidad, que emocionado, se le arrasaban los ojos y se le ponía carne de gallina.  Sobre todo, cuando narraba el problema del padre y su tumor blanco. Solía concluir diciendo:

“Entonces apenas se conocía la anestesia, imaginemos lo que sería la extracción de una muela. Había enfermos que preferían morir rabiando a dejarse cortar una pierna. Horrible, chicos, horrible”.

 

 La despensa es de suponer que ni en casa de  amo ni cabaña de sirviente contenía un reposte holgado y menores las expectativas. Se ha dado en decir con harta frecuencia que todos los pueblos tienen sus momentos o épocas de júbilo y jubileo; pienso que éste nunca los tuvo. Esos momentos o épocas no fueron suyos y, cuando las desgracias llegaban, caían a plomo sobre la voluntad de las gentes  a las que reclinaba y postraba durante años, en un perverso aislamiento a la esperanza. El recuerdo de los muertos devenía del cielo como lenguas de fuego posándose sobre las mujeres más pudientes y sus jóvenes hijas. Éstas no salían del domicilio si no era a la Misa Mayor de los domingos y, entonces, habría de ser de riguroso luto contando el vestido, todo él negro: calcetines negros; moquero negro; mirada oscura; pañuelo, bien sujeto a la cabeza también negro. En el interior de los hogares los candiles eran negros también, incluso la luz, por un tiempo se oscurecía sin remedio.  Así, hasta dos años; que los chavales al tercer día se revelaban y ponían alas al duelo. Eran ricas aquellas con ciertos recursos y desgraciados pasares, ya que a las indigentes  no les quedaba más remedio que salir a buscar el sustento para sus cachorros. No ocurría lo mismo con los hombres. Estos con los botones negros en la camisa blanca y la franja en una manga de la americana, abrigo o gabardina, ya habían cumplido. Por lo demás, al café no dejaban de ir, entre otras cosas con la excusa de visitar al gallo Perico, animal que estaba siempre en el rincón derecho del mostrador. El cantinero lo había acostumbrado a beber quemadillo de ron y aquello se había convertido en una atracción de chicos y mayores. A las horas del medio día y después de la cena, acudían incluso de los pueblos más próximos para invitar al gallo que acababa todos los días con unas borracheras impresionantes con gran regocijo de los asistentes.

Aquel gallo genial, no solamente fue un atractivo más en tertulias y momentos de agradable esparcimiento, sino que se convirtió en objeto imprescindible para el café, hasta tal punto que el día en que el animal murió fue un día de luto y el establecimiento se cerró durante una semana.

 

El señor cura exhortaba a las gentes desde el púlpito. Primero se dirigía a las mujeres, todas ellas sentadas en los bancos del ala derecha de la iglesia, y después, a los varones, situados siempre en el lado opuesto, la inmensa mayoría de pie y/o arremolinados en la parte posterior; de esta manera algunos aprovechaban para echar una cabezada. Les animaba con mucho interés, acerca de los festejos tan señalados que se aproximaban y deberían ser celebrados con gran pompa y esplendor para gozo de Dios y de los ángeles. Se iba a celebrar un año más el nacimiento de Jesús de Nazaret, al que el Padre no hizo del mismo barro que Dios hizo a nuestro primer padre Adán;  fue hecho como los finos almohadones bordados en las nubes. Respecto a la celebración de boca (lo recuerdo perfectamente porque Albeta lo contaba con muchísima gracia, posiblemente de su invención), “esa noche no ha de faltar pan en la mesa del menesteroso; quien dice pan, dice torta. Quiero decir, que como hermanos todos que somos de Jesús, hijo de José y nuestra Santísima Virgen de Malanca, hemos de repartir los bienes del estómago con gran complacencia hacia el Niño y alegría de nuestros corazones. Sabido es que disfruta mucho más el que da que el que recibe...”.

 

  Es curioso y poco frecuente, pero aquella plática hizo mella en las gentes y se llenaron de gozo sus corazones. Nunca habían escuchado a fraternal padre alguno expresarse de manera más bella y convincente. De regreso a los hogares, desde el rico al menesteroso, cada cual iba pensando como podrían quedar mejor ante los ojos de Dios y el estómago de los vecinos aquella noche próxima, noche del amor fraterno, noche en la que se consumó el amor del Padre mandándonos a su hijo para ejemplo de sabiduría, convivencia pacífica y muchas cosas más.

 

La señora Leona, que así se llamaba la madre de Albeta fue avisada y regresó a Zaragoza porque Feliciano, el esposo, había empeorado,  motivo que le impidió estar en los preparativos de la gran fiesta que se iba a festejar. Fiesta de convivencia humana, de exaltación a la familia y al bien hacer de las gentes bajo la advocación de la Santísima Virgen de Malanca y de su hijo Jesús. Todo el pueblo puso manos a la obra; posiblemente, los que más se distinguieron fueron los miembros de casa Caballero, seis hombres y cuatro mujeres jóvenes, todos ellos residentes en el pueblo, a excepción de dos hijas que vivían en la ciudad trabajando en el servicio doméstico, cosa muy normal en aquellos años. Ellas pidieron permiso a los señores y regresaron a la casa, locas de alegría para colaborar en las disposiciones. Carboneros de toda la vida, cuatro de ellos subieron al monte y fabricaron carbón suficiente para los nueve días de fiesta; “que nadie pasase frío”. Las mujeres se organizaron con el resto de las vecinas, sacrificaron algunos gorrinos  y a tal fin llenaron algunas tinas y orzas de exquisitos adobos. También fabricaron magdalenas y tortas sin cuento. El hornero no solamente ayudó de grata voluntad, que tampoco cobró la “poya” (o derecho al diezmo en los hornos comunales),  valiosa aportación que el pueblo agradeció con holganza que nada tenía que ver con Olga, su mujer, ya que el hornero Emeterio era de puños cerrados, que no se abrían aun pegándole en los codos.

 

  Posiblemente, lo más inesperado o de mayor expectación dada la novedad fue la recogida de pescado por los hombres y mujeres de casa Caballero. Conocían todos los pozos del río en el término del silencioso pueblo; sin duda, eran gente que lo sabían todo, por saber, qué no sabrían, que incluso a la hierba  sentían nacer. El río no era muy profundo, pero algunos  pozos si. Todo estaba helado, máxime después de las nevadas citadas. El grueso del hielo era tal, que por él pasaban las caballerías y los rebaños atajando al puente. Con barrenas hicieron agujeros del tamaño de una persona. Ataron a los más jóvenes con una soga a la cintura y de ella los descolgaron a los abismos del pozo con un pozal en la mano izquierda mientras que con la derecha se asían a la cuerda. Una vez abajo, lo vaciaban de barbos y cangrejos. A una señal, los de arriba, subían el cubo, lo descolgaban vacío y se repetía la operación el tiempo que los muchachos soportaban la temperatura o el pozo quedaba seco de animales. De uno marchaban a otro; no siempre conocían la misma fortuna, mas cuando terminaron la ronda, había pescado suficiente para todos los habitantes y los nueve días de fiesta que habrían de celebrar de la noche del  veintitrés al día uno de enero.

 

 Contado así, es difícil de creer, pero nadie de cuantos escuchamos estos hechos lo hemos puesto nunca en tela de juicio. Es más, en ocasiones se pensó que Albeta se quedaba corto, sobre todo cuando terminaba el relato en el que solía poner un énfasis difícil de describir.

 

  A partir de entonces supe que aquel pueblo sí que había tenido momentos de puro júbilo. Al menos tuvo uno, el que cuento, momento que sobresalió de todas las estimaciones que al respecto se han hecho a través de los tiempos. Fue raro y memorable aquel acontecimiento, máxime tratándose de una comunidad en la que todos o casi todos, por una rama o por otra eran familia. Aquel hecho todavía se lleva de boca en boca como patrimonio de la sabiduría popular y se cuenta con la misma veneración que se le tiene al santo del lugar. Un caso que posiblemente hoy sea sagrado en algunas memorias y referencias; algo así como la pascua judía aunque sin ninguna relación aparente.

 

Día 24: cuando daban las ocho campanadas en el recién estrenado reloj de la torre de la iglesia, reloj obsequiado por don Gabriel Maura y Gamazo, diputado, senador y ministro de la penúltima monarquía española, todo el pueblo se dirigió a los graneros de Primito, primo de casi todos y personaje muy bien visto por su carácter afable y bonachón. En aquellos graneros, a pie de calle, había lugar para todos y todos fueron con su mejor intención y buena voluntad. El abuelo Sordo llevaba de la mano al nieto y  a sus dos hermanas. Llegados a este punto, se impone hacer una aclaración: Albeta era el apodo, por cierto, muy bien recibido por todos, nombre que se debía a un maestro muy bueno que allí ejerció; cuando murió le sucedió Doña Capitolina (eran los tiempos en los que había maestro o maestra). Su nombre de pila era Esteban. Había otras dos personas con el mismo nombre: una, Esteban Matorro, y la otra Esteban Carnicerito, años después famoso en los ruedos de España por aplaudido y valiente banderillero. En un principio al crío se le llamó Estebillan, mas, como además de pincho, era más tieso que un ajo y prometedor de ciencias y manualidades, le pusieron por sobrenombre el de maestro Albeta. Aclaración hecha, el abuelo Sordo, como ya he dicho, llevaba de la mano a sus tres nietos. Tomó asiento en el lugar asignado por  Primito, junto al resto de los abuelos.  A los chicos los colocaron con los de su edad. Cuando el cura terminaba de bendecir la gran mesa, la puerta del granero se abrió con estridente y perturbador  chirrido. En el umbral apareció Leona acompañada de unos familiares. Todos ellos vestían luto. Leona avanzaba en primer lugar con la cabeza baja ocultando las lágrimas. Cuando llegó hasta sus hijos, estos fueron corriendo abrazándose  a sus faldas.

 

A partir de ese momento quedó gravado el dolor, una vez más, en  aquel

lugar del silencio, nunca mejor llamado. La capilla ardiente se dispuso en la

iglesia. Cuando dieron las doce horas en el recién estrenado reloj, por primera vez en la historia no hubo Misa de Gallo. Aquellas gentes se unieron de las manos formando un círculo y oraron. Sus voces se unieron en una sola. Esta ascendió lentamente en un vacío de dolor y de sombras. En la esperanza de bordar almohadones en las nubes.

 

 

continuará...

 

ir al inicio