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Complicada
inteligencia
Empecé a leer
“Albeta” con las referencias del “Pedro
Saputo” de Braulio Foz y “El país de
García” de José Vicente Torrente Secorún.
Y es que Albeta, pastor pobre de Torrelapaja,
y de inteligencia excepcional, decide abandonar su
pueblo y lanzarse a la aventura de conocer mundo.
Recorre a pie los pueblos del Somontano del Moncayo
hasta llegar a Zaragoza y su viaje se hace
descubrimiento, éxito, diálogo y guía de peregrino.
Tarazona, el Monasterio de Veruela, y Vera. Bécquer
y su huella indeleble y la Ínsula de Barataria
quijotesca en Alcalá de Ebro. Pero ahí se acabaron
las similitudes de partida. En su camino de ida,
vuelta, punto final y destierro hay mucho más que un
simple viaje.
“Albeta” es la rebelión de los humildes con
inteligencia contra su único destino posible en
aquella época y lugar: el seminario. “Albeta”
es un retrato desolador y cierto de la sociedad
aragonesa de las primeras décadas del siglo XX.
Pueblo y ciudad. Pobreza y riqueza. Atraso y
prosperidad. Y sus conferencias sobre la higiene
ante un auditorio que sólo se lavan cuando llueve
me hicieron recordar “Spanish Village”, la
serie de fotografías que W. Eugene Smith hizo
en Deleitosa (Cáceres) en el año 1950 y a “Las
Hurdes” de Buñuel.
Pero lo más sorprendente fue que “Albeta” me
hizo cambiar de opinión respecto a la superdotación
intelectual. Hasta ayer siempre había pensado que
sería una suerte tener una inteligencia
extraordinaria y, sin embargo, “Albeta” me
enseña que tener un coeficiente por encima de 130
tiene más inconvenientes que ventajas, es más una
desgracia que una suerte. Tu inteligencia te
permite hablar de todo por referencias, por haberlo
leído en los libros. Conoce la fría teoría de
las enciclopedias pero no el sentimiento de la
experiencia. Y me recordó a “El indomable Hill
Hunting” de Gus Van Sant. “Albeta”
acaba devorado por la fama, se convierte en una
atracción de feria, un Mesías que iba seguido
por una corte de admiradores, rodeado de mujeres,
niños y ancianos que querían verlo de cerca y
tocarlo y que lo escuchaban como a un oráculo.
Y esa responsabilidad, ese temor a defraudarlos, le
llevan al agotamiento mental y físico, le hacen
renunciar a ese papel para recuperar su libertad y
querer vivir con la única aspiración de ser un
simple pastelero, un artesano del chocolate.
“Albeta” resulta una narración desigual, con
una primera parte extensa y profusa y una segunda
que se acorta y precipita. Y entonces surge la
inevitable referencia de la trilogía “La forja de
un rebelde” de Arturo Barea.
Pero lo más difícil
de “Albeta” está precisamente en su
peculiaridad. En esa extraña forma de expresarse
entre gongorina y quevedesca que le hace más
cursi que el tío Rana y le convierte a su pesar
en un insoportable pedante. Se hace antipático,
atormentado, soporífero y complicado, y tan sólo le
salvan su alma poética, su insobornable honradez y
el ser fiel a sí mismo, a su origen y conciencia.
Pero al final sorprende su ingenuidad y simpleza en
un personaje de tanta inteligencia cayendo en la
política y en su discurso esteriotipado en lugar de
mantener la independencia y el escepticismo.
“Albeta”. Miguel Ángel
Marín. Mira Editores. Zaragoza, 2009.
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