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EL POETA Y ERATOS
©
MIGUEL ANGEL MARÍN URIOL
Amanecía
como todos los días y antes de que el sol asomara en
el llano, pudo ver la silueta de su maestro ascender
por la escalera de luz.
–No lo
olvides nunca–escuchó una vez más–. Para ti su
voluntad configuró desde tu infancia tu propia
concepción.
Al
parecer, la esfinge terrible, con su maligno
carácter, le había signado para resolver uno de los
pocos caracteres inútiles de la supervivencia. Ella
había dialogado con el anciano largo tiempo y éste
no había dado solución a sus atenazadas pesadumbres.
Le había aconsejado muchas veces desobedecer el
clasicismo de una transparencia estéril. No, no era
posible, ninguna transparencia lo fue. Llamó al
anciano maestro y éste le respondió: <Es inútil, no
insistas, olvida tu altivez y desciende en tu mirada
hasta rozar el suelo que un cielo tamizó con
nacarados tréboles, verdes, muy verdes, emblemático
augurio de los buenos conceptos. Una contemplación
de macerados éxtasis. No insistas>.
–¿Por
qué?–insistió él–. ¿Acaso no lo sabes? ¿Por qué nos
da su verso en un coro de ángeles? ¿Qué digo? ¿En un
coro de estrofas? Y su imaginación, a cuantos
desdichados llamamos a su puerta, evasiva y esquiva,
cenicienta, se evade sin querer responder. ¿Por qué
nos ha endiosado en un sueño que no disfrutaremos?
El gentío es un salmo que intento adivinar pues en
sus vasos bebo y aquél apenas nunca ha doblegado su
estatura dormida. Vete, anciano; si ese es tu deseo;
más volveré a insistir hasta que me descubras por
qué lo ha consentido y consiente a las náyades
evocar la tristeza en un derramamiento de aguas
sempiternas.
El
anciano, desde su escalera de luz no volvió a
responder. Sólo quedó y turbado, pensó que muchos
versos perduraban de aquel interno fuego a tono con
su voz más débil por instantes. Voz de la timidez de
su propia conciencia indivisible.
–¿Pero
quién es ella?–Insistió de nuevo sin obtener
respuesta.
<Bien
sabes que te alcanzo>, pensó diluyéndose en
torrentes venidos de muy lejos, desde su corazón,
estival en la incógnita, duro en los inviernos,
dulce en las primaveras recién llegadas siempre, y
coronó un infierno de coléricas dudas con diablillos
envueltos en sus túnicas fúnebres.
Pasaron
varios lustros y el anciano, de su escalera de luz,
descendió de improviso y lo fue a visitar.
–No te
atormentes–dijo, escucha bien pues no volveré en tu
ayuda por mucho que lo requieras. El corazón, como
la ventisca, no se pueden razonar, cambian de
posición la emblemática nieve sin orden ni atributo.
No intentes alterar el orden de la vida. Deseas
comprender y es mucho lo que pides. Considera su
oferta pues da gozo a Penélope en su telar de sauce
y a tu infelicidad. La inspiración corresponde a
cuantos sin pedirlo les ha sido donada sin el mínimo
esfuerzo. No lo entiendes. ¿Verdad que no lo
entiendes? Te has vuelto insensible a la esperanza
porque no sabes tratar a los humanos de distinta
condición como siempre lo hiciste, como hermano, y,
no lo olvides, nadie hay superior. Ella se pasea
contigo y conversa de amigo a amigo aunque nunca la
escuches. ¿No quieres oírla? Ella lo sabe todo,
entiende de humanidades pero no a todos los humanos
trata por igual. Tú eres su distinguido entre todos
los que la solicitan. Posiblemente sea por ello que
tantas veces te equivocas, dices lo que no sabes,
juzgas lo que no ves y malgastas lo que no debes.
Prosigue, hermano, prosigue, porque tu vocación se
haya escrita en las estrellas. Lo que te ocurre a ti
les ocurre a todos los poetas de este mundo.
El
anciano intentó ocultarse de nuevo. Impetuoso, lo
siguió trepando por aquella escalera de luz que lo
cegaba.
–Ángeles
somos. Etimología sánscrita. La evocación de
atributos que mueren viscerales en su más alta
concepción. La dignidad del sufrimiento. La
incongruencia mística de los desesperados. ¿Quieres
más? ¿Y ella? ¿Quién es ella?
Llegaron
a una plaza desierta y la luz se desvaneció con
dulzura improvisada. Amplios corredores circundaban
la estancia.
–No
insistas más–dijo el anciano antes de desaparecer–.
Hallarás tantas pruebas como juicios tiene la
conciencia humana. De nada te servirá llamar, están
todas abiertas. Puedes recorrer cuantos pasadizos
conducen a tu infidelidad, pero la señora, Erato,
está allí, donde nunca anochece– y señaló al fondo
del corredor central la imagen de la musa–. Está
tocando la lira, escucha su música antes de
hablarle, te será tan familiar que la considerarás
tuya. Aparta de sus pies el arco y el carcaj y
cuéntale tus cuitas. Ahora sí, me ausento para
siempre. Otros ancianos me esperan. El almendro
sagrado ha enfermado, tiene muchos años y hemos de
buscar soluciones para que este invierno florezca
como tu espíritu. Adiós.
Con pasos
temblorosos se acercó con sigilo. Las puertas se
entreabrieron lentamente a su paso, pero no las
observó. Con la mirada fija llegó hasta la musa.
Ella dejó de tocar.
–No
sufras–dijo sin apenas mirarlo–. Los destinos son un
misterio. La creación poética corresponde a todos
por igual. Levanta la cabeza y mírame a los ojos. A
todos por igual. Pero yo asisto a quien me necesita,
no a quien me llama.
El sueño
se desvaneció. Aquella noche, el poeta, cuando
amaneció como todos los días, creyó haber escrito
los versos de mayor inspiración que hasta entonces
había conseguido. Cuál no fue su sorpresa al
comprobar que la página continuaba en blanco. |